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Son of Rambow

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Son of Rambow se sirve de la aparición del VHS, de los 80’s y de los despojos que iba dejando el paso arrasador de Margaret Thatcher para hablar de una amistad erigida por el cine y, sobre todo, por su vital uso de la imaginación. Porque a su modo Will Proudfoot y Lee Carter son los chicos más imaginativos de un colegio de uniforme circunspecto y obligado.

El primero, que pertenece a una religión con estrictas reglas de comportamiento y tiene un cuerpo frágil y menudo, me recuerda al Martin Scorsese que se pasaba las tardes dibujando frente a la ventana de su casa de New York para apaciguar el asma que lo lastimaba. El segundo, Lee Carter, es aquel compañero de todas las aulas que tiene una enorme inventiva para las bromas que el resto no sabe apreciar por falta de aquello que a estos dos les sobra.

Así como yo me pasaba días enteros haciendo la patada de la grulla a dos centímetros de la cara de mi hermano después de haber visto Karate Kid, Will y Lee descubren en Rambo toda la fuerza necesaria para desatar su fantasía. Estoy hablando de ese proceso fundamental e inevitable del cine que es la filiación que se establece con el protagonista del film y que en la infancia puede presentarse sin límites ni prejuicios.

Rambo es el padre que estos chicos solitarios deciden adoptar. El más forzudo de todos los padres, aquel que en una discusión escolar sirve para jactarse de que puede levantar un auto con sus brazos y que otro conteste que el suyo es mejor porque puede frenar un tren a 100km/h.

Los dos son hijos de Rambo, los dos son hermanos de sangre que se encuentran con el cine para poder recrearse, ser otro y fundar una maravillosa amistad.

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Revolutionary Road

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Es lamentable que tengamos que seguir soportando esa miserable traducción de títulos que hacen las distribuidoras con un fin incierto. Nadie en su sano juicio puede creer que porque se llame “Sólo un sueño” vaya a llevar más gente a las salas. No sé qué egresado de marketing es el encargado de ese trabajo pero cada vez estoy más seguro de lo hacen a partir de una sinopsis que les pasan por mail. Por suerte, en la era Internet, es muy fácil acceder a su titulo original pero de todas formas, ante el boletero de turno, siempre termino repitiendo la traducción local por miedo a que no entienda a qué película me refiero.

En el caso de Revolutionary Road nos estaríamos perdiendo de un sentido fundamental. El cambio que la pareja interpretada por Kate Winslet y Leonardo Di Caprio quiere dar no se trata de un sueño, inalcanzable como todos, sino de una revolución. Una transformación radical e inmediata que los aleje del irremediable vacío de los suburbios de Connecticut y que los reinserte en la vida. Pero como sabemos no hay tal cosa sin que corra sangre. Y esa tensión funciona bastante bien aunque la transforma en una película predecible donde, además, el subrayado y las aclaraciones constantes que hace Sam Mendes le quitan fuerza a la narración.

Mendes es también director de teatro y eso se nota, los fondos son inmóviles y la cámara está siempre puesta sobre los dos protagonistas. Por momentos parece que en esa casa no pasara nada más que las discusiones de pareja y se elimina cualquier otra cosa (los hijos parecen fantasmas) que pueda desviarlo de su objetivo.

Por suerte estamos ante una de las más grandes actrices de su generación y este escenario teatral repleto de diálogos, aunque en detrimento de la película, beneficia a la maravillosa Kate Winslet para que siga demostrando su enorme capacidad.

La música, que es utilizada de una manera muy parecía a American Beauty, es anodina, repetitiva (tal vez para señalar la rutina en la que está inmersa la pareja)  y termina por cansar.

El final, que por las críticas que estuve leyendo parece gustar mucho, subraya tanto lo que venían tratando que termina por tachar todo lo bueno que había construido.

A pesar de todo, y sin saber porqué después de haber escrito esto que está acá arriba, me parece una película altamente recomendable, sobre todo si querés salir del cine más desamparado de lo que entraste.

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W.

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La película de Oliver Stone no decide donde ubicarse en ningún momento. Cuando parece que se trata de una parodia que puede ir por el buen camino se topa con explicaciones que reducen un mundo entero a la relación entre un padre  y un hijo. Nada existe por fuera de esta relación, y del comité de asesores que rodea a W., mas que el azar para poder dar cuenta del camino que recorre hasta ser el presidente de los EE. UU.

Parece que las políticas que afectaron a miles de personas se debieron a que un chico provinciano y cuasi fronterizo se decidió a demostrarle a su padre que era tan o más capaz que su hermano, que fue víctima de la manipulación de los halcones que lo rodeaban y que todo habría sido mejor si W. hubiera cumplido su sueño en las ligas mayores de baseball.

Si lo que la película se pregunta es cómo este tipo pudo llegar tan lejos suena a poco para una narrativa que trabaja constantemente con el afuera. Stone no se animo a hacer de esto algo más salvaje y viceral, prefirió mostrar a un idiota con buenas intenciones antes que a un ave rapaz en busca de recursos. Quizás para evitar problemas de financiación,  o simplemente, porque ya no le da el cuero. Y esta no sería la primera vez.

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Crepúsculo

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Si no fuera porque el exótico Edward Cullen es un vampiro que decidió estar a dieta, esta podría ser una maravillosa historia sobre la lealtad. Dos contra el mundo, dirían los amantes de Planet Terror. Lo cierto es que nos perdemos de conocer esos hilos cósmicos e invisibles que pueden elevar a dos que se eligen por encima del resto y nos encontramos con el relato habitual que no pone en juego ninguna cuestión moral. Los adolescentes de hoy, parece, siguen siendo como los de ayer. Enamorarse de un asesino, aceptar su condición y enfrentarse a los demás y a uno mismo no es algo que íbamos a ver en esa sala. Lo sé, pero por un momento pensé que se trataba de eso y que la película era genial a pesar de sus lugares comunes y de su miserable estética videoclipera.

De todas formas es divertido poder ver en la pantalla esta tendencia de vampiros civilizados, arrojados a la luz y mezclados entre mortales. Son las características que nuestros amigos de Transilvania adquirieron en los últimos tiempos para poder situarse en otro lugar y seguir contándonos acerca de su mundo. Crepúsculo funciona gracias a este nuevo escenario y a los ojos de Bella Swan, por lo demás, a no desesperar, para eso tenemos Let the right one in.

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Funny games U.S.

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Aclaro que no vi la versión original estrenada en 1999. Vi la remake que se estrenó en el BAFICI que es una copia plano por plano de aquella original. Plano por plano. Lo puedo afirmar porque vi en una web una comparación entre fotogramas de ambas. Supongo que es algo así como lo que hizo Gus Van Sant al rehacer un clásico como Psicosis de Hitchcock pero sin ser un ejercicio de mimesis de quien se considera heredero de un maestro. ¿Por qué? Sencillamente porque Michael Haneke también es el director de la original. Entonces, Funny games U.S. no es ni más ni menos que un lindo negocio para dejar tranquilas las cuentas bancarias del director austriaco y para que despistados como yo pudieran ver una buena película repleta de tensión, o aunque sea un facsímil.

¿Será como dice el crítico? “…el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes.” No lo creo.

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Por fin una buena crítica y no una crítica buena sobre Cordero de Dios

Por suerte siempre hay una crítica que habla por uno y que quita al menos por un momento la sensación de soledad.

Costó encontrar una que hablara mal de Cordero de Dios pero acá está.

Aquí, el mal

por Agustín Campero para la revista El Amante de mayo

Si en algo el “paradigma” Nuevo Cine Argentino significó una evolución respecto del cine anterior, ese algo gira alrededor de los problemas de la construccion de la(s) memoria(s) y su representacion, sobre todo en lo relacionado con la desaparicion de personas durante la ultima dictadura militar, la dictadura en si misma y sus huellas en el pasado y en el presente. En sus mejores ejemplos (para citar sus extremos: Los rubios y
Cronica de una fuga) existio una vocacion por la construccion de una voz propia, fue muy consciente respecto de la moral subyacente a los procedimientos y los efectos del lenguaje cinematografico y deconstruyo y desnaturalizo, mediante esos procedimientos, las macro y micro relaciones sociales que sustentaron el golpe y la dictadura, que se potenciaron con ella. Esas peliculas fueron audaces y tuvieron una nocion de la verguenza.

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Crítico invitado: Hector Soto

En El Amante del mes de abril descubrí a un crítico chileno. Es que Alberto Fuguet ahora es colaborador de la revista y se encarga de promocionar sus proyectos editoriales.

Aunque el autobombo no es de mi agrado, en este caso, le debo el haberme topado con un texto reconfortante del crítico chileno Hector Soto. El texto se llama “El saber y la pasión” y como no lo encontré en internet para robarlo voy a tener que tipearlo yo mismo.

Pero eso no va a ser hoy. Ahora hago cut and paste de otro que sí pude robar con solo mover un dedo.

Ir al cine

por Hector Soto

Hasta en eso acertaba André Bazin. El más notable de los críticos de la postguerra se sentaba en el cine entre la sexta y la décima fila. La ubicación es perfecta, porque hace coincidir el espectrio visual de la mirada con los bordes de la pantalla. Más atrás el espectador ve una secuencia de cabezas, peinados y sombreros, al final de la cual tal vez divise algo de la película. Más adelante tampoco es recomendable, porque el árbol no deja ver el bosque: las imágenes aplastan y se vienen encima.

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