The gold rush

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Actualización a pedido de Poppy.

A fines de 1800 volvía a correr el rumor que ponía a cientos de personas en marcha. El mismo rumor que los había llevado a California unas décadas atrás ahora los trasladaba a la fría frontera entre Alaska y Canadá. Se decía, como siempre, que el oro brotaba de la tierra para quien lo quisiera tomar.

En la historia de esos exploradores que hicieron sus valijas y partieron hacia el norte Charles Chaplin encontró un accesorio narrativo donde se resume parte de la composición fundacional de los Estados Unidos para el que la aventura juega un rol vital. La llegada del Mayflower a tierras americanas o la conquista del oeste eran, de la misma manera que las fiebres del oro que se desataban cada tanto, salidas a la aventura en busca de un mejor porvenir que implicaban un movimiento espacial y una lucha por dominar la naturaleza. Ya se trate de montañas rocosas, indios, desierto o, como en el caso de La quimera del oro, de las bajas temperaturas, la naturaleza se interpone como obstáculo de un viaje que tiene por meta un futuro mejor. El hombre contra la naturaleza, o mejor dicho, un hombre contra la naturaleza porque es un plan que se ejecuta en soledad y que construye el mito de los emprendedores, el de los hombres que se hacen a sí mismos.

No por nada, El Vagabundo de Chaplin aparece acreditado como El Buscador Solitario (The Lone Prospector) y, después de una placa que contextualiza la narración y de unas imágenes con características de registro documental en las que vemos a cientos de hombres caminando en fila por un paso de montaña, aparece el personaje en pantalla rodeado de la soledad de un paisaje blanco, acechado por un camino estrecho al borde de un precipicio y por un oso que sigue sus pasos. Condensa en unos pocos planos varios de los atributos del explorador: el viaje, la soledad y el peligro de la naturaleza.

Chaplin no sólo puso atención en los buscadores de oro del norte, también se había interesado en una expedición que en 1846 intentó cruzar el oeste (de Illinois a California) en carreta y quedó atrapada durante seis meses después de que una tormenta de nieve bloqueara los caminos. A modo de ¡Viven! (Alive!) del siglo XIX los sobrevivientes se alimentaron de los cuerpos de sus compañeros.

Esas dos historias le sirvieron a Chaplin de brújula para ubicar a El Vagabundo en un espacio diferente. Lo sacó de la ciudad que amenazaba con su monstruosidad y sus figuras de autoridad en películas como El inmigrante (The immigrant) o El pibe (The kid) y lo trasladó al frío extremo de una montaña de soledad, que sólo se va a acabar cuando la misma naturaleza lo obligue a tener que sobrellevar la compañía de dos desconocidos en un refugio. Se trata, también, de marginales: Big Jim es un codicioso buscador de oro, al parecer más experimentado que El Vagabundo, que acaba de encontrar una montaña llena del precioso metal y Black Larsen es un fugitivo de la justicia.

Los tres encuentran en esa cabaña un resguardo del azote de la naturaleza. Comparada, la convivencia, aunque forzada, es al principio un mal menor. Pero el paso de los días y la falta de comida va transportando el peligro de afuera hacia adentro. En ese espacio ubicado lejos de los alcances de la ley El Vagabundo se transforma en El Caballero: mientras Big Jim libera su animalidad lejana a cualquier convención social y alucina un pollo gigante en lugar del cuerpo del protagonista, El Vagabundo puede mantener su estomago entretenido hirviendo un zapato como lo habrá hecho, supone el espectador, tantas otras veces en el pasado.

Con todo esto Chaplin puede filmar una de las escenas más populares de la historia del cine donde, en un recurso muy utilizado en su cinematografía, el objeto hace de otra cosa: el zapato hace de carne, sus clavos hacen de espinas y los cordones de tallarines. Al fin y al cabo es una comedia. Sin embargo no sería una comedia chapliniana si el humor no estuviera rodeado de conflictos tan extremos como el hambre donde la risa se provoca en medio de fuertes tensiones.

Esa cabaña, ese refugio, va a ser el escenario cerrado conveniente para que Chaplin saque a pasear todo su talento para el gag visual con el que venía trabajando desde la Keystone, los estudios de Mack Sennet. A partir de largos planos de proscenio que le sirven para mostrar el movimiento coreográfico de los cuerpos y el uso intercalado de algunos planos medios para comunicar en detalle el estado anímico de su personaje puede lograr escenas memorables como aquella en la que Big Jim y Black Larsen pelean por el rifle mientras El Vagabundo hace intentos desesperados para dejar de ser apuntado por el arma. En momentos como ese podemos notar la precisión con la que Chaplin entrenaba y ensayaba la comedia física, la sutileza de los movimientos y la sincronización que establecía con el resto de los personajes.

La misma naturaleza que puso a los personajes en una situación extrema va a ser la que reordene el caos que se vive dentro de la cabaña cuando un oso aparezca de repente para ocupar el plato vacío y hacer que El Buscador Solitario deje de ser visto por Big Jim como su salvación. Con las panzas llenas, estos dos personajes pueden volver a ser amistosos caballeros  y despedirse, al finalizar la tormenta, con un afectuoso apretón de manos. Aunque no es el caso de Black Larsen, quien, un tiempo antes, siendo designado por azar para salir a la tempestad en busca de comida, los abandona a su suerte después de toparse con el enorme tesoro de Big Jim. Larsen es un fugitivo, tal vez un asesino, que no necesita estar en una situación comprometida para olvidarse de las normas sociales. Pero el Norte, como dice una de las placas, con sus leyes propias, ajenas a lo humano, se va a ocupar de él cuando lo deje caer por una grieta y el personaje desaparezca para siempre.

De esta manera, la película abandona un espacio donde las figuras opacas se recortan y resaltan con el blanco intenso de la nieve gracias a la maravillosa fotografía de Roland Totheroh (quien ya había colaborado con Chaplin en numerosas ocasiones) para trasladarse a una ciudad cercana construida exclusivamente para el descanso entre exploración y exploración.

A ese lugar llega el protagonista para alejarse de las tensiones de la muerte y acercarse a las del amor.

Al salón de baile Monte Carlo, donde los exploradores pasan su tiempo libre, llega un vagabundo decepcionado por no haber encontrado el tesoro prometido y se topa con otro tesoro, tal vez más inalcanzable que el de metal. Se trata de Georgia, una de las bailarinas del salón, que lo enamora inmediatamente con su belleza y con la libertad con la que se mueve entre la gente del lugar. De todas formas, El Vagabundo sólo se hace visible para ella cuando busca entre la multitud al personaje menos adecuado para compartir una pieza de baile con un solo objetivo: desairar al donjuán de la ciudad con el que mantiene una disputa. A partir de ese momento el mujeriego Jack Cameron se va a convertir en la contraparte amorosa del protagonista.

Tanto en las montañas nevadas como en este pequeño dance hall el personaje de Chaplin es un outsider y así como allá era un solitario rodeado de naturaleza, en la ciudad, lo sigue siendo rodeado de hombres. Pero Chaplin, que pareciera no querer pasar por misántropo, libera la tensión cuando Hank Curtis, un minero del pueblo, le ofrece a El Vagabundo casa y comida. Sin embargo en ningún momento queda claro si lo hace por caridad o a cambio del cuidado de su cabaña y de su mula cuando se ausente por trabajo. En esta dualidad se mueve el humor mordaz de Chaplin cuando comenta las relaciones sociales.

De la misma manera va a tratar el vínculo que se establece entre El Vagabundo y Georgia. Después de reencontrarse por casualidad con ella y sus amigas en la puerta de su vivienda podemos saber que, aunque se trata de una mujer de buen corazón, sus sentimientos con respecto a él están más lejos del amor que de la compasión. Tan es así que, más adelante, Georgia va a olvidar la invitación que había aceptado para la cena de Año Nuevo y va a dejar al protagonista esperándola con la cena preparada e imaginando la noche perfecta en la que puede ser el centro de atención después de lograr enamorarla con el famoso baile de los pancitos.

Su suerte, su destino amoroso (y acá empieza otra vez la sutil acidez del humor chapliniano) sólo va cambiar cuando vuelva a toparse con Big Jim, que habiendo perdido la memoria, encuentra en El Vagabundo la única posibilidad de volver a la montaña de oro que había hallado al principio de la película. Los dos exploradores retoman el camino hacia la cabaña que los había cobijado del frío y después de acomodarse, por la noche,  reciben una vez más un golpe de la naturaleza y el refugio es llevado por la tormenta al borde de un precipicio. Pero como el norte, con su ley propia, no da premios ni castigos que no sean por azar, cuando logran escapar de la cabaña que hacía equilibrio (en un sketch que recuerda a Buster Keaton) Big Jim se da cuenta que casualmente están parados sobre su tesoro perdido.

Con la misión del aventurero cumplida emprenden la vuelta a sus tierras de origen como millonarios. Y aunque veamos que la esencia de El Vagabundo, debajo del suntuoso tapado de piel, siga siendo la misma cuando se agache para recoger un habano a medio fumar que estaba tirado en el piso del barco, para el resto de los tripulantes se trata ahora de un caballero. No el mismo caballero que aguantaba el hambre y el frío en la montaña, sino el de la ciudad, el caballero entre los hombres. Esa es la historia que van a buscar los periodistas cuando le piden una fotografía con su anterior atuendo, la del mito de los Estados Unidos.

Y así va a estar vestido cuando por casualidad se vuelva a encontrar con Georgia en la cubierta del barco, y de nuevo volvamos a reconocer en ella su buen corazón cuando se ofrezca a pagar el pasaje para que no lo arresten después de haberlo confundido con un polizón. Pero no va a ser hasta que alguien revele que se trata de un multimillonario que los ojos de Georgia van a mutar de la pena al amor y de ahí al beso en primer plano de un final, quizás, amargo para el espectador aunque la cara de Chaplin desborde de felicidad y al personaje ya más nada le importe.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “The gold rush

  1. Muchísimas gracias, Marto Stef. Me gusta lo que escribís pero no vi la película, la próxima te voy a hacer un pedido más exigente que ya se me va a ocurrir (como por ejemplo hablar de Campanella pero no decir lo que dijeron y tampoco decir, como Santiago, que no vale la pena decir nada).

    🙂

    Tengo un as en la manga!

  2. Hoy por la mañana estaba pensando en escribir sobre El secreto de sus ojos. ¡¿Querés pelea?! Hagamos la pelea.

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