Crítico invitado: Hector Soto

En El Amante del mes de abril descubrí a un crítico chileno. Es que Alberto Fuguet ahora es colaborador de la revista y se encarga de promocionar sus proyectos editoriales.

Aunque el autobombo no es de mi agrado, en este caso, le debo el haberme topado con un texto reconfortante del crítico chileno Hector Soto. El texto se llama “El saber y la pasión” y como no lo encontré en internet para robarlo voy a tener que tipearlo yo mismo.

Pero eso no va a ser hoy. Ahora hago cut and paste de otro que sí pude robar con solo mover un dedo.

Ir al cine

por Hector Soto

Hasta en eso acertaba André Bazin. El más notable de los críticos de la postguerra se sentaba en el cine entre la sexta y la décima fila. La ubicación es perfecta, porque hace coincidir el espectrio visual de la mirada con los bordes de la pantalla. Más atrás el espectador ve una secuencia de cabezas, peinados y sombreros, al final de la cual tal vez divise algo de la película. Más adelante tampoco es recomendable, porque el árbol no deja ver el bosque: las imágenes aplastan y se vienen encima.

Pasatiempo y rito, el cine exige algunas formalidades que por cierto no se relacionan con la etiqueta. El cine es democrático y hasta las obras maestras pueden ser vistas con traje de calle. Pero, plebeyo y todo, el espectáculo tiene sus estatutos y secretos, establecidos no por los teóricos sino por gente un poco más confiable: los espectadores adictos al medio.

Aunque a ciertos sectores del público nos cueste más que a otros, es preferible llegar al cine con alguna inocencia. Dicho así parece una exigencia muy ardua, pero basta con no haber leído ni escuchado demasiados comentarios sobre la película. El placer de ser sorprendido no tiene precio. Por lo mismo, aunque puede ser útil eventualmente leer en la prensa algunas reseñas para orientar la elección de la película, siempre será mejor dejar para después la lectura de los análisis y las críticas. Salvo en sus versiones más fatigadas y fatigosas, la crítica no es un monólogo en el cual alguien pontifica sobre algo que el lector desconoce. En realidad es un verdadero diálogo interior, cargado de tensiones, donde el lector va confrontando sus puntos de vista con los del crítico para coincidir o discrepar con libertad. Más que en cualquier otro, en este sentido la crítica puede tener alguna utilidad: la percepción de un filme queda incompleta si no la cierra una pequeña discusión, un vago intercambio de ideas entre amigos o la lectura de un artículo que saque nuevas resonancias de la cinta.

En las funciones rotativas es una costumbre bárbara entrar cuando las películas ya han comenzado, viendo después la primera parte y recomponiendo al final el orden de la narración. La cinta no comienza cuando el espectador llega. Todo relato tiene su dinámica y sus ritmos. En el cine no importa el qué sino también el cómo.

Lejos de ser una pérdida de tiempo, como lo cree la mayoría nunca es mala idea ver las películas dos o más veces. El placer no necesariamente disminuye. Con frecuencia aumenta. Quedar libre de las presiones argumentales da tiempo para poner atención a otros aspectos de la realización. El crítico de cine que siempre hubo en Truffaut, prácticamente nació el día en que vio una película por segunda vez. Tenía sólo diez años de edad. Un día hizo la cimarra y entró a ver Los visitantes de la noche, de Marcel Carné. No bien había regresado a casa, cuando pasó una tía para llevar al niño al cine. Por supuesto que no podía decirle que ya la había visto. La acompañó encantado y disimulando al máximo. “Fue exactamente aquel día -escribe- cuando caí en la cuenta de hasta qué punto puede ser emocionante profundizar más y más intimamente en una obra que se admira…”

Disfrutar del cine supone admirar no sólo las buenas realizaciones, sino también -muchas veces- apreciar en las malas, con benevolencia pero también con complicidad, detalles pretenciosos, delirantes o divertidos. ¿Por qué enojarse siempre con Barbra Streisand? ¿Por qué no festinar la megalomanía de Stone y su JFK? ¿Por qué hay que verlo todo con la temeridad y el fervor que prescribe la crítica para soportar El árbol de los zuecos?

Nada de esto es condescendencia; es experiencia. Si hasta en las malas películas hay oportunidades de pasarlo bien, el panorama se compone mucho. Ver puras obras maestras, por lo demás, puede hacer mal, por la misma razón de que se aprecian mejor las tortas cuando se conoce el gusto del pan.

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