Colectivismo

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The gold rush

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Actualización a pedido de Poppy.

A fines de 1800 volvía a correr el rumor que ponía a cientos de personas en marcha. El mismo rumor que los había llevado a California unas décadas atrás ahora los trasladaba a la fría frontera entre Alaska y Canadá. Se decía, como siempre, que el oro brotaba de la tierra para quien lo quisiera tomar.

En la historia de esos exploradores que hicieron sus valijas y partieron hacia el norte Charles Chaplin encontró un accesorio narrativo donde se resume parte de la composición fundacional de los Estados Unidos para el que la aventura juega un rol vital. La llegada del Mayflower a tierras americanas o la conquista del oeste eran, de la misma manera que las fiebres del oro que se desataban cada tanto, salidas a la aventura en busca de un mejor porvenir que implicaban un movimiento espacial y una lucha por dominar la naturaleza. Ya se trate de montañas rocosas, indios, desierto o, como en el caso de La quimera del oro, de las bajas temperaturas, la naturaleza se interpone como obstáculo de un viaje que tiene por meta un futuro mejor. El hombre contra la naturaleza, o mejor dicho, un hombre contra la naturaleza porque es un plan que se ejecuta en soledad y que construye el mito de los emprendedores, el de los hombres que se hacen a sí mismos.

No por nada, El Vagabundo de Chaplin aparece acreditado como El Buscador Solitario (The Lone Prospector) y, después de una placa que contextualiza la narración y de unas imágenes con características de registro documental en las que vemos a cientos de hombres caminando en fila por un paso de montaña, aparece el personaje en pantalla rodeado de la soledad de un paisaje blanco, acechado por un camino estrecho al borde de un precipicio y por un oso que sigue sus pasos. Condensa en unos pocos planos varios de los atributos del explorador: el viaje, la soledad y el peligro de la naturaleza.

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Bigger Stronger Faster*

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En la infancia Chris Bell y sus hermanos eran firmes candidatos al bullying. Cumplían todos los requisitos para ser el blanco de los matones escolares pero encontraron una salida en la ficción. El cine y la lucha libre de los ochentas les dieron una respuesta desde sus personajes hinchados de músculos, capaces de cualquier hazaña lograda a partir de la fuerza. Compraron los aparatos y empezaron a trabajar su cuerpo. No fue un pasatiempo de niños, a través de los años, para los tres hermanos el fisicoculturismo y la emulación de sus héroes se transformó en una obsesión con un objetivo imposible de alcanzar. Al otro lado de la pantalla el artificio estaba del lado de los héroes y ahí es donde entran en escena los esteroides para permitirle a Bell rodar una home movie que pone en tensión, para adentro, las relaciones familiares y, para afuera, estas relaciones con la imagen que les devuelve la pantalla. Por eso la película no parcela la situación y no toma partido en ningún momento por el uso o por la abstención de drogas para ayudar al desarrollo del cuerpo. Ya desde el subtitulo “Los efectos colaterales de ser americano” el acento de Bigger Stronger Faster* está puesto en los medios y en su capacidad para establecer imaginarios, y esto es lo que la hace más profunda e interesante, digna de ver.

BAFICI 2009

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Son of Rambow

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Son of Rambow se sirve de la aparición del VHS, de los 80’s y de los despojos que iba dejando el paso arrasador de Margaret Thatcher para hablar de una amistad erigida por el cine y, sobre todo, por su vital uso de la imaginación. Porque a su modo Will Proudfoot y Lee Carter son los chicos más imaginativos de un colegio de uniforme circunspecto y obligado.

El primero, que pertenece a una religión con estrictas reglas de comportamiento y tiene un cuerpo frágil y menudo, me recuerda al Martin Scorsese que se pasaba las tardes dibujando frente a la ventana de su casa de New York para apaciguar el asma que lo lastimaba. El segundo, Lee Carter, es aquel compañero de todas las aulas que tiene una enorme inventiva para las bromas que el resto no sabe apreciar por falta de aquello que a estos dos les sobra.

Así como yo me pasaba días enteros haciendo la patada de la grulla a dos centímetros de la cara de mi hermano después de haber visto Karate Kid, Will y Lee descubren en Rambo toda la fuerza necesaria para desatar su fantasía. Estoy hablando de ese proceso fundamental e inevitable del cine que es la filiación que se establece con el protagonista del film y que en la infancia puede presentarse sin límites ni prejuicios.

Rambo es el padre que estos chicos solitarios deciden adoptar. El más forzudo de todos los padres, aquel que en una discusión escolar sirve para jactarse de que puede levantar un auto con sus brazos y que otro conteste que el suyo es mejor porque puede frenar un tren a 100km/h.

Los dos son hijos de Rambo, los dos son hermanos de sangre que se encuentran con el cine para poder recrearse, ser otro y fundar una maravillosa amistad.

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Vicky Cristina Barcelona

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Cuando Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson) bajan del avión en el aeropuerto de Barcelona las acompaña otro turista americano. Llegan a la ciudad con las mismas inquietudes culturales y la misma construcción etnográfica de la ciudad. Tal vez, una parecida a la que tengamos acá, desde la lejanía que impone un océano.

Los tres juntos recorren los sitios de visita obligada, el Parque Güell, los museos donde cuelgan cuadros de Miró, los restaurantes de comida típica. Se tocan con la ciudad de la misma forma que lo haría cualquier otro turista, sin poder atravesar los muros que la hacen secreta para cualquier extraño.

Pero de repente la Barcelona idealizada, la que traían a cuestas desde EE.UU., la que a los turistas siempre nos evade, se hace carne en los personajes de Javier Bardem y Penélope Cruz y la película se resquebraja un poco.

Y cuando Juan Antonio (Bardem) le dice a Vicky que su padre es un gran poeta que no publica para castigar al mundo esperamos, como turistas de este Woody europeo, que aparezca un one-liner, una broma, un algo de lo que imaginamos de ese maravilloso judío de New York.

Nada de eso sucede en el viejo continente.

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Revolutionary Road

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Es lamentable que tengamos que seguir soportando esa miserable traducción de títulos que hacen las distribuidoras con un fin incierto. Nadie en su sano juicio puede creer que porque se llame “Sólo un sueño” vaya a llevar más gente a las salas. No sé qué egresado de marketing es el encargado de ese trabajo pero cada vez estoy más seguro de lo hacen a partir de una sinopsis que les pasan por mail. Por suerte, en la era Internet, es muy fácil acceder a su titulo original pero de todas formas, ante el boletero de turno, siempre termino repitiendo la traducción local por miedo a que no entienda a qué película me refiero.

En el caso de Revolutionary Road nos estaríamos perdiendo de un sentido fundamental. El cambio que la pareja interpretada por Kate Winslet y Leonardo Di Caprio quiere dar no se trata de un sueño, inalcanzable como todos, sino de una revolución. Una transformación radical e inmediata que los aleje del irremediable vacío de los suburbios de Connecticut y que los reinserte en la vida. Pero como sabemos no hay tal cosa sin que corra sangre. Y esa tensión funciona bastante bien aunque la transforma en una película predecible donde, además, el subrayado y las aclaraciones constantes que hace Sam Mendes le quitan fuerza a la narración.

Mendes es también director de teatro y eso se nota, los fondos son inmóviles y la cámara está siempre puesta sobre los dos protagonistas. Por momentos parece que en esa casa no pasara nada más que las discusiones de pareja y se elimina cualquier otra cosa (los hijos parecen fantasmas) que pueda desviarlo de su objetivo.

Por suerte estamos ante una de las más grandes actrices de su generación y este escenario teatral repleto de diálogos, aunque en detrimento de la película, beneficia a la maravillosa Kate Winslet para que siga demostrando su enorme capacidad.

La música, que es utilizada de una manera muy parecía a American Beauty, es anodina, repetitiva (tal vez para señalar la rutina en la que está inmersa la pareja)  y termina por cansar.

El final, que por las críticas que estuve leyendo parece gustar mucho, subraya tanto lo que venían tratando que termina por tachar todo lo bueno que había construido.

A pesar de todo, y sin saber porqué después de haber escrito esto que está acá arriba, me parece una película altamente recomendable, sobre todo si querés salir del cine más desamparado de lo que entraste.

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Changeling

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¿Qué se puede decir? Todo está donde tiene que estar. Hasta los personajes están en los 2o para el que el clasicismo de Eastwood funcione todavía mejor y para que demuestre una inmensa capacidad para recrear espíritus de época (o el que imaginamos para una época) a partir de un gran trabajo de guion, vestuario, color y textura.

La leyenda “A true story” da inicio a una trama de horror que recorre varios géneros y subgéneros, desde el melodrama hasta el thriller, pasando por el cine de juicios y de psicokillers.

Sólo falla por un instante cuando vemos con que indulgencia la madre acepta un hijo que no es suyo y la lentitud con la que recurre a la ayuda de terceros para despejar esa duda que, en un punto, golpea el verosímil.

Pero el tropezón no es suficiente para evitar que la tensión siga creciendo gracias a unos planos fríos, distanciados pero efectivos y una, por momentos, muy buena actuación de Angelina Jolie y un respaldo maravilloso de John Malkovich que gesticula de una forma que sólo a él le queda bien.

Eastwood se aleja de los justicieros que supo interpretar para acercarse a un personaje que parece frágil pero que enfrentaría sin temores a Harry El Sucio porque camina con el paso de la esperanza.

Al final, como si fueran de la mano, Christine Collins, como la Cabiria de Fellini, se despega de la cámara caminando entre los mortales sin rencor para que, ya sin más, podamos soltar el apoyabrazos.

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